Desde bien pequeñas, tanto Elena como Pili, así como el resto de los hermanos, siete en total, heredaron la querencia por la cofradía de las Siete Palabras. En casa de los Gasco era la hermandad de unión, hasta que las circunstancias fueron demandando otras necesidades. Ahora la del Nazareno goza de buena salud, pero no siempre fue así y en uno de los altibajos hubo un momento en que iba menguando a pasos acelerados.
Por mediación de unos amigos, parte de los Gasco accedieron a la peana. «Iba falleciendo gente y no se reponía, así que entramos», dice Elena. «Pero sigo colaborando con las Siete Palabras, no me he dado de baja», añade. Lo mismo que su hermana. «Mantenemos la vinculación por nuestro padre y porque la seguimos sintiendo como algo de nuestra familia», apunta Pili, que este año «quizá» salga portando una de las Palabras, esta vez en memoria de Fina Salas, cuñada de las hermanas. «Colaboramos de la manera que podemos y si en su día hizo falta en el Nazareno, fuimos muy a gusto», comenta Elena incluyendo su marido Mariano Sánchez y sus hijos Carmen y José Luis.
El Nazareno sigue creciendo, especialmente, desde la creación del grupo de tambores y bombos cuyo cometido era ser un reclamo a mediados de los 90. Comenzaron con tambores y pronto cambiaron a tambores y timbales de piel, por lo que el sonido es muy característico. Dentro de la cofradía se crean lazos con las demás familias y entre todas son una. Algunas lo son aunque ya en un grado lejano con los Gasco.
Un tambor es Carlos Abad, a quien la sangre casi le redobla ya desde su abuelo e incluso antes. «Empecé llevando vela y luego tambor, era tan pequeño que en la primera procesión al ir llegando a la iglesia me metí a mi casa», sonríe. A su lado, Mariano Pastor, uno de los iniciadores junto a su peña de la banda de tambores, da fe del auge del grupo. «Al principio íbamos sólo los de mi cuadrilla hasta que fue entrando más y más gente, sobre todo los niños porque llama la atención, en mi casa mis hijas tocan desde pequeñas», apunta.
Poseen dos pasos y todas las manos que se echen son bien recibidas porque salen en Domingo de Ramos, Jueves Santo y dos veces en Viernes Santo. Dos de estas procesiones llegan al Calvario, por lo que hubo que comprar la peana pequeña que se lleva a hombros y es menos pesada. La grande porta al Nazareno, la primera imagen que llegó a Albalate después de la guerra en 1942. «Iba a hombros hasta que se pusieron ruedas y se incorporó la imagen de la Verónica», explica Miguel Ángel Serrano. Es restaurador y pertenece a las Siete Palabras pero vela por todas las peanas. Para esto se unieron los gremios de comerciantes, aceiteros y carpinteros. «A veces la gente se refiere al pequeño como el Cirineo, que es quien ayudó a Cristo con la cruz, aunque se ve claramente que no lo es», apunta Rafael Royo Abadía, marido de Pili Gasco, y artífice de la construcción de la peana grande hecha en madera de roble. «Empecé con bombo pero se me dan mejor las manualidades», ríe.

Es común verlo en las procesiones empujando la peana junto a su cuñado Mariano Sánchez, cuyos hijos, José Luis y Carmen, también participan así como sus parejas Sorina Barbu y Miguel Ángel Marcuello, y los nietos: Daniela, Alberto y Lucas, de 10, 6 y 4 años. Carmen procesionó con las Siete Palabras y recaló en el Nazareno para poder acompañar a sus hijos. «Toda la familia está implicada, porque mi hermano ha sido muy de tambor y sigue su mujer y su hijo, mi hija salía de hebrea con mi madre, mi marido pasó por bombo también, los dos primos pequeños van juntos a todo, y con los tambores a la calle salimos todos», comenta. «No todos vivimos en Albalate y nos juntamos, cada uno aporta lo que puede o lo que se necesita para ayudar en Semana Santa», sonríe Elena.









