Entre cajas de recuerdos y fotografías recopiladas durante más de 40 años, Joaquín Altabella y Elisa Milián se despiden estos días del bar La Venta, mucho más que un establecimiento hostelero tanto para ellos como para todo el que alguna vez ha pasado por allí. El negocio empezó con la familia de Joaquín, en el año 1971, pero ahora toca iniciar una nueva etapa tras años después de la barra. Quienes llegan para hacerse cargo a partir de ahora solo deben hacerlo bajo una condición: mantener el nombre del bar, el mismo que los padres de Joaquín decidieron medio siglo atrás.
El sentimiento detrás de la despedida es agridulce. "Hay vecinos que estos días nos han hecho hasta llorar. Son muchos años, muchas vivencias... Muchos han crecido aquí", cuenta Joaquín. De hecho, le resulta difícil elegir tan solo una anécdota en los que ha sido durante todo este tiempo su casa, casi de forma literal. "Vivimos en el piso de arriba, por lo que siempre hemos entrado y salido por el bar, como si fuera parte de la casa", añade.
Joaquín llevaba trabajando en La Venta desde los 16 años, cuando empezó a ayudar a sus padres. Su mujer, Elisa, se unió al proyecto en cuanto se casaron. En el 2003 ambos renovaron el bar por completo, convirtiéndolo en lo que "es hoy en día". Aun así, hubo cosas que no cambiaron en absoluto. "Mi madre tenía una receta de ternera escabechada que hemos mantenido durante todos estos años. Ha sido nuestro plato estrella de cada día junto a la oreja frita", cuenta entre risas. "Aunque también triunfaban nuestros caracoles siempre que llegaba la época".
El nombre del establecimiento, La Venta, ha sido otra de esas cuestiones intocables. "En los pueblos antes siempre había una venta que servía como posada donde paraban las caballerías, las carretas... En Aguaviva estaba justo aquí al lado, y por eso mis padres decidieron llamarle así al bar. Jamás se cambió".
Durante todo este tiempo, rara vez se ha visto la terraza de La Venta vacía. El bar, ubicado a la entrada de Aguaviva, es un punto de referencia tanto para los locales como vecinos cercanos. Y esa posibilidad de "dar vida a un municipio de 500 habitantes" es lo que siempre ha movido a Eli y Joaquín. Con el tiempo, han ido haciendo amigos que ahora guardarán para toda una vida, así como un equipo de camareros que han mantenido a lo largo de largos años. "Tuvimos a una compañera uruguaya que trabajó con nosotros durante nueve años. También hemos contado con muchos jóvenes de la zona que nos acompañaban cada verano. Siempre nos hemos rodeado de gente con ganas, y que nos han empujado a seguir", afirma Joaquín.
El matrimonio ha decidido iniciar una nueva etapa "después de mucho trabajo". Sus hijos, ya con otros trabajos, no podían continuar con el negocio. Arrancan unos años diferentes y en los que, sobre todo, siempre recordarán "el cariño y la respuesta de la población". "Siempre nos han correspondido con cualquier cosa que hacíamos. Estos últimos años también hemos tenido mucho trabajo por ese camionaje que pasa por aquí. También nos han dado mucha vida. Mantener un negocio en un pueblo no es fácil, hay que hacer de todo. Cuando empezamos no teníamos nada, hicimos el bar nuevo, y hubo que trabajar mucho. Pero el apoyo de la gente es lo que siempre nos ha dado alas para seguir", concluye Joaquín.







