El director del Centro de Estudios Humanísticos de Alcañiz, el «alcañizano de corazón» José María Maestre, abrió este lunes por la noche la Semana Santa alcañizana con un doble objetivo. Por un lado, desvelar que el epígrafe del Alcañiz de finales del siglo XVIII hunde sus raíces más profundas en el humanista y poeta alcañizano Domingo Andrés de la segunda mitad del siglo XVI y, por otro, ofrecerle a la ciudad un regalo que haga sentir a los alcañizanos que el poema del citado humanista y la inscripción latina del ayuntamiento son únicos en el mundo y que ambos conectan a Alcañiz con «una preciosa tradición literaria dispersa desde hace siglos no ya por España, sino por todo el orbe». Todo ello en el mismo emplazamiento, el Teatro, donde estuvo situada la Academia de Humanidades y que con el tiempo se transformó en el Corral de Comedias desaparecido con la explosión del polvorín del 2 de septiembre de 1840.
Maestre invitó a imaginar la inscripción de la fachada del ayuntamiento con los nuevos ojos de sus explicaciones y a hacerse seis preguntas: ¿Qué significa esa búsqueda? ¿Quién es esa madre? ¿Quién es su hijo? ¿Por qué busca esa madre a su hijo? ¿Qué es la calle de la amargura? Y, por último, ¿qué trata de enseñarnos esta narrativa?.
En ese contexto creó el clima para recordar que «el principal tesoro de Alcañiz fue, es y será siempre su humanismo histórico». Y para elló sacó a escena a Juan Sobrarias hablando de la religiosidad de sus paisanos en su Oratio de laudibusAlcagnicii (‘Discurso en alabanza de Alcañiz’) y a Domingo Andrés componiendo hermosos poemas religiosos como el epigrama De immenso Dei erga homines amore (‘Sobre el inmenso amor de Dios hacia los hombres’).

El pregonero cerró la introducción transformando el Teatro en un «teatro de la vida» cuya metáfora aprovechó para estructurar el pregón en seis escenas.
En la primera llevó al público al Martes Santo de 1799, donde tuvo lugar la primera procesión del Encuentro en un contexto absolutamente adecuado: las obras de la nueva Colegiata estaban ya casi terminadas y el nuevo Convento de San Francisco era ya una realidad. El protagonismo fue para el deán de la Colegiata, Joaquín Regales, al que presentó como el responsable último de la inscripción latina de la fachada del ayuntamiento. A través de este personaje comenzó por recordar los datos necesarios para hacer ver que el bello epígrafe tiene como telón de fondo la antigua y peculiar tradición franciscana sobre la Cuarta Estación, que pone su punto de mira no en el Encuentro, sino en la desesperada búsqueda de la madre a su hijo en la calle de la Amargura. Pero, a continuación, hace ver que Regales era en 1799 el propietario del preciado códice con los poemas de Andrés y con ese importante dato traslada al lector al tercer y último libro de los De mutuo Dei et Virginis Matris amore libri tres, esto es, dentro del tercero de sus ‘Tres libros sobre el mutuo amor de Dios y de la Virgen Madre’, obra que conocemos hoy gracias a la copia manuscrita que el propio pregonero pudo adquirir hace muchos años gracias a una diligente información de Ignacio Micolau.
La segunda escena se abre con la narración de los los quince siguientes hexámetros (163 a 177) del tercer y último libro de los tres de esa obra en la que Andrés cantó el mutuo amor de dios y de la Virgen Madre. El humanista partió del Evangelio de San Lucas, 2, 41-50, pero supo imprimirle una mayor fuerza lírica para poner de manifiesto lo que hace toda madre que pierde a su hijo y se desvive por encontrarlo. Andrés compara la búsqueda de la Virgen Madre con la de una tigresa que ha perdido sus cachorros por todo el bosque: de esta suerte hace ver que la reacción de la Madre de Dios es no ya humana, sino la misma que la de cualquier animal de nuestro planeta en una situación similar. Pero la intención última de esa escena es llevar los corazones del Teatro a comprender mejor el origen de la búsqueda de la Madre a su Hijo en la calle de la Amargura.
La tercera escena es la principal puesto que en ella Maestre leyó su preciosa traducción de los noventa y seis hexámetros latinos que Andrés dedicó, a narrar el que con el tiempo se convirtió en el cuarto dolor de la Virgen María tanto en la Via Matris Dolorosae como en la Vía Crucis. La magnífica narración se retrotrae a la triunfal entrada de Jesús Jerusalén en el Domingo de Ramos, momento en el que María se trasladó también a la ciudad santa como su Hijo. La Virgen estaba inquieta por los acontecimientos y pide a Dios que lo proteja ofreciéndose ella a expiar los pecados de los hombres, si así fuera necesario.
Llegado el momento en que Pilatos sentenció a muerte a Jesús, Juan el Evangelista se apresuró a informar de tan triste noticia a su tía y a animarla a que corriera a verlo aún con vida. La Virgen sale acompañada de su sobrino y, como este no sabía el camino por donde iba su Hijo, comienza una preciosa búsqueda, en la que la Madre pregunta a las demás madres de Jerusalén si han visto pasar por allí a su Hijo. Ellas le piden que lo describa y la Virgen lo hace a través de un bello pasaje del Cantar de los cantares de Salomón (5, 10-16), donde la amada, en busca de su esposo también perdido, lo describe a las hijas de Jerusalén haciendo una hermosa descripción del mismo. Las madres contestan a la Virgen que el Hijo que ellas han visto pasar ha perdido toda su belleza pues ha sido golpeado, lleva una corona de espinas, camina rociando sangre y cargando una pesada Cruz. Las Madres de Jerusalén llaman la atención sobra las huellas de la sangre derramada, para que la Madre sepa por donde ha de buscar a su Hijo. La Virgen coge un atajo y sale al encuentro de Jesús y, al verlo en ese lamentable estado, sufrió los dolores de un parto que, sin embargo, no había sufrido ella al traerlo a esta vida. Pero a ese «encuentro» el humanista solo dedica nueve de los ochenta y seis hexámetros, lo que nos indica bien que lo importante era la "búsqueda", para la que se utiliza el verbo REQVIRERE (Buscar una y otra vez).
En la cuarta escena Maestre sacó a escena los vv. 354 a 389 del tercer y último libro sobre el mútuo amor de Dios y la Virgen Madre. En esos treinta y seis hexámetros Domingo Andrés narra con gran lirismo poético la Crucifixión, el Descendimiento y el Santo Entierro. El poeta dedica a esos tres importantes acontecimientos solo un tercio de versos frente a los noventa y seis de la «búsqueda»« Ese dato implica, en primer lugar,que desde el siglo XVI a finales del XVIII y principios del XIX a los alcañizanos les complacía más la escena en la que la Madre busca a su Hijo en la calle de la Amargura que la del propio Encuentro; y ese dato lleva a concluir, en segundo lugar, que a los alcañizanos de esas centurias les atraía más la escena de la Búsqueda que la de la Crucifixión, la del Descendimiento y la del Santo Entierro.
Llegado ese punto, el pregonero, en nombre del IEH y, en especial, de José Ignacio Micolau Adell y del doctor Joaquín Escuder Viruete, se dirigió solemnemente a la Hermandad del Santo Entierro y a la Junta Suprema para proponerles «con humildad» que, sabiendo ahora que la la Cuarta Estación de la Procesión del Encuentro se celebraba en la plaza, se recupere su antiguo formato y vuelva a celebrarse en la misma, delante de la fachada del Consistorio y de la inscripción que se preparó para ello, como una «búsqueda» de la madre a su hijo.
En la quinta escena Maestre abrió el telón a un sinfín de romances y poemas dispersos a través de los siglos y a lo largo y ancho del planeta sobre de la búsqueda tanto en España como en otros países y, sobre todo, en Hispanoamérica. De entre todos ellos el pregonero leyó un poema intitulado ‘El sufrimiento de la Virgen María por la calle de la Amargura’, compuesto por Ana García Zamora, una mujer de Jaén nacida en 1929. Su estructura es básicamente la misma que el de Andrés porque ambos tienen una misma tradición oral y textual, donde los franciscanos se llevan la palma.
Pero el pregonero concluye que, por encima de la retórica, Alcañiz, ciudad del Humanismo Histórico, tiene en su haber una preciosa descripción en latín sobre la «búsqueda» de la Cuarta Estación que es única y que, para colmo, se impactó después en 1799 en el REQVIRIT MATER FILIVM IN VIA AMARITVDINIS (busca la madre a su hijo en la calle de la amargura) de la inscripción latina de la fachada del ayuntamiento de Alcañiz, que también es única en todo el orbe.
En la sexta y última escena Maestre hace un canto poético tanto de la espiritualidad y del humanismo como de la humanidad y la modernidad del poema de Andrés y del epígrafe de la fachada del ayuntamiento de Alcañiz: ambas composiciones tratan de ganarse la espiritualidad de los corazones cristianos a través de patrones retóricos bien calculados por los humanistas; pero ambas composiciones pueden cautivar de los sentimientos de personas no creyentes por la Humanidad y Modernidad de un mensaje que pone el acento no en el hijo, sino en su madre y, en último extremo, en una Mujer que aparece engalanada no de divinidad, sino de una gran humanidad.
Por último, Maestre cerró su pregón con un epílogo sobre Andrés, que tuvo que exiliarse a finales del siglo XVI a Zaragoza tras un enfrentamiento con lo regidores alcañizanos que le despidieron como Preceptor de Humanidades de la Academia, pero que «ha vuelto ahora a su patria lleno de alegría al ver que su Madre lo ha buscado durante siglos y que lo recibe ahora en la fachada del propio ayuntamiento con un enorme epígrafe que en gran medida es fruto de su propia obra poética»: REQVIRIT MATER FILIVM IN VIA AMARITVDINIS (busca la madre a su hijo en la calle de la amargura).






