¿Cómo rehacer una vida tras huir de una guerra? Es la pregunta que uno puede realizarse al pasar por el bloque de edificios de Andorra en el que todavía viven los ucranianos huidos del conflicto. Este enero se ha cumplido un año desde que llegó el último grupo y desde entonces la vida ha seguido para todos, incluidos quienes no tuvimos que abandonar nuestro país. Pero ellos, los 106 que todavía quedan de los 200 que llegaron en los autobuses fletados por Forestalia, siguen ahí. Reconstruyéndose, aprendiendo, añorando, o bien, simplemente, esperando a poder volver, pero ahí, justo entre el resto de vecinos. Porque aunque parezca imposible, una mañana uno puede estar trabajando en el empleo de sus sueños, o planeando el siguiente viaje familiar, y al día siguiente, esa vida conocida hasta entonces puede desaparecer. «Pero hay que seguir viviendo», y ellos, los 106, lo saben bien.
Cuando se publiquen estas líneas faltarán tan solo 22 días para que se cumplan los dos años desde que estallara la invasión rusa en Ucrania aquel 24 de febrero de 2022. Yana Starovierova todavía piensa en su día a día en el hotel de cinco estrellas en el que trabajaba «sin parar» mientras que ahora, tiempo después, su única prioridad es estar con su hijo y su madre en su nuevo hogar. También lo hace el marido de Valeria Hchkasova, Vladislav Hchkasov, quien era jurista y por el momento, debido a dificultades del idioma, no puede trabajar de ello en España. ¿Y es que quién no recordaría la vida que tenía, la única que parecía poder existir?
No todos llevan el mismo tiempo en la villa minera, pero cada uno de ellos, incluyendo los más pequeños, lo hace a su manera. Desde que todo comenzó Andorra ha recibido a 200 ucranianos, aunque a día de hoy son 63 adultos y 43 niños los que permanecen en el municipio, la mayoría mujeres. «Nuestra vida cambió, pero yo no puedo volver mientras haya guerra. Aquí tenemos una cama, comida y un cielo sin bombas. Mis seres queridos de allí me dicen que me quede en Andorra, que en nuestro país no hay seguridad. Pero mientras esté aquí no quiero estar esperando, porque ya he aprendido que todo puede cambiar. Quiero vivir», relata, en un español prácticamente perfecto, Yana Starovierova.
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El último grupo en llegar a la localidad lo hizo en enero de 2023, justo hace un año. Este era el cuarto autobús que Forestalia fletaba para ofrecer un lugar seguro a quienes huían de las bombas: el primero llegó en abril de 2022, el segundo en mayo y meses después, en diciembre de ese mismo año, fue el turno del tercero. Los viajes se realizaron desde diferentes puntos del país, y en todos ellos participó Kinga Krzysztofek, coordinadora de esta iniciativa social en la que trabaja junto a María Morska y Viktoria Khmelnytska, quienes inicialmente también llegaron al territorio como refugiadas.
El Centro Ítaca fue su primer hogar, aunque poco después fueron trasladados al bloque de pisos que Forestalia adquirió y donde todavía viven a día de hoy sin pagar alquiler. Asimismo, la eléctrica les proporciona vales para comprar productos en el comercio local y dinero en efectivo para otras necesidades. Cuando llegaron también obtuvieron ayuda del Ayuntamiento, así como donativos de vecinos como Herminia Balaguer, implicada desde el minuto cero en todo el proceso.
La idea es que en futuro «puedan llegar más», pero antes «se debe asegurar la inserción laboral de todos los que actualmente permanecen en el municipio y todavía no tienen empleo», según recalca la propia empresa.
Y precisamente en esa recomposición se encuentran envueltas todas y cada una de estas personas, aunque con sus propios ritmos y dificultades personales. El proceso no es fácil ni siquiera para quienes vinieron en el primer autobús y llevan más tiempo en Andorra. Muchos, «especialmente los más pequeños», han necesitado recibir tratamiento psicológico e incluso psiquiátrico en según qué casos. De hecho, actualmente hay quien todavía debe tomar tranquilizantes como consecuencia del trauma que supone dejar todo lo que uno conoce atrás para llegar a un lugar totalmente desconocido, en el que, no obstante, «han encontrado la tranquilidad». «Recuerdo que la primera noche que pasé en el Ítaca me pidieron perdón porque el armario que me habían dado 'era demasiado pequeño'. Lo único que yo pensaba, en cambio, es que mi hijo y yo seguíamos vivos y estábamos a salvo», recuerda Viktoria Khmelnytska.
Aprenden español gracias a voluntarios
La principal barrera a la que todavía se enfrentan la mayor parte de ellos es la del idioma. No son muchos los que lo hablan con soltura, porque iniciar este proceso de aprendizaje «no es fácil, y más teniendo en cuenta su situación», explican las coordinadoras.
Quienes sí se han animado a dar el paso reciben clases de español semanales gracias a un grupo de vecinos voluntarios que se unieron de forma externa a la iniciativa de Forestalia. Comenzaron cuando llegó el primer grupo, en abril de 2022, porque enseguida sintieron «que tenían que hacer algo para ayudar», y desde entonces continúan con este apoyo voluntario que resulta vital. Ellos son Pilar Villarroya (la primera que comenzó dando clases en su propia casa), María Teresa García, Beatriz Ara y Gaspar Ferrer, cuatro profesores jubilados que ahora enseñan «a los alumnos más agradecidos que han tenido nunca». «Yo ni siquiera era profesora de lengua. Al principio éramos más, y comenzamos apoyándonos en manuales de clases de castellano para extranjeros que encontramos por internet. Ahora somos cuatro pero continuamos preparando nosotros todas las lecciones, nos repartimos el trabajo. Procuramos que sea dinámico, porque lo que más les interesa es el lenguaje del día a día», explica Beatriz Ara.

El encuentro semanal con los voluntarios también se compagina con las clases de español a las que los ucranianos acceden en la Escuela de Adultos de Andorra, donde en cambio «reciben más teoría». «Nosotros aprovechamos para hablar más. Hay quien ha abandonado, porque para ellos es complicadísimo, pero quien continúa es muy perseverante. Saben que necesitan el idioma para poder relacionarse», detalla Beatriz.
Se organizan en grupos pequeños en la Casa de Cultura generando un espacio de encuentro que también ha dado lugar a momentos especiales. Beatriz, por ejemplo, ha sido invitada a varios cumpleaños. «Creo que han conectado muy bien con nosotros como profesores. Ellas creen que reciben mucho por nuestra parte, son muy agradecidas. Pero no se imaginan todo lo que recibimos nosotros al darles clase», recalca Ara.
La inserción laboral, lo primero
Este aprendizaje resulta clave especialmente como paso previo al mundo laboral. De los 63 adultos, 14 ya tienen un empleo, otra herramienta con la que socializar y poder recuperar, dentro de lo posible, «un ritmo de vida habitual». 49 de ellos todavía deben ser colocados, un proceso que Forestalia confía poder conseguir a través del acuerdo alcanzado entre Arajob y la Asociación Empresarial de Andorra-Sierra de Arcos y Bajo Martín para incentivar la inserción laboral en las empresas del territorio. «Es un acuerdo que nos abre un nuevo abanico de posibilidades. Hemos tejido un gran número de nuevos contactos. Mi meta personal es que durante este mes de febrero esté colocado el 90% de este total», explica José Luis Tolosona, director de Arajob.
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Pendientes de Ucrania
Mientras esta inserción llega, y durante todo este tiempo, los refugiados, por lo general, viven el paso de los días desde dos puntos de vista. Hay quien se encuentra con la vida suspendida en el tiempo, casi esperando a que pase el tiempo con el convencimiento de regresar a su país para poder vivir en paz. Mientras que otros se han obligado a buscar una segunda vida en Andorra y dudan si podrán volver alguna vez. No obstante, ambos viven con el corazón siempre dividido entre el aquí y ahora, y todo lo que está ocurriendo allí, en su tierra. Es una situación agridulce y difícil de afrontar, pero sobre la que siempre prevalece «las ganas de vivir».










Muy bien por la solidaridad de Andorra.