'Días de enero’ ya está en la calle y es el primer poemario que publica Moliner Vallés. Es el primero de una manera «formal y oficial», porque atesora cientos de poemas que ha ido escribiendo desde su adolescencia. Y sigue en ello. Escribe con asiduidad porque es la manera de expresión que encontró y es la que le sigue acompañando. Aunque también pinta. Emplea el óleo y el acrílico y tira más por lo abstracto. A veces el cuadro va acompañado de un poema, pero no necesariamente.
Moliner Vallés es el nombre que eligió Jesús Pérez Celma (Andorra, 1997) para firmar su obra que también incluye una novela que aguarda su turno en un cajón, porque su objetivo es llegar a publicar y hacerlo con una editorial cuando toque. «Quiero que si alguien decide darle salida sea porque le ha gustado de verdad», dice. Es lo que ha sucedido con ‘Días de enero’, un poemario que edita con el sello valenciano Talón de Aquiles. No era la primera vez que lo intentaba, había enviado más obras, pero esta vez decidieron tirar para adelante aunque el primer impulso debe darlo el propio autor: una vez consiga vender una cantidad determinada de libros, la editorial toma las riendas de la promoción y se ocupa del resto de pasos a dar. «Para conseguirlo solo hay que contactar conmigo en Instagram y se lo hago llegar, ya he vendido unos cuantos», sonríe.
En @moliner.valles está la información sobre el libro y algunos datos sobre el autor al que muchos están descubriendo ahora, incluidos sus más allegados. «Este libro es el punto de partida más formal para mí dentro del mundillo literario porque hasta que no tuve 19 ó 20 años tampoco sabía nadie que escribía. He escrito desde crío, pero para mí. Soy un poco introspectivo, tímido a veces, y por eso creo que también me salió la poesía para desfogarme, tenía mi diario e iba escribiendo», dice. Calcula que fue en primaria «más o menos» cuando empezó a escribir «alguna cosa» en cuadernos. Siguió de forma puntual hasta que en Bachiller lo hizo con más frecuencia y ya plasmaba algunos poemas. «Más bien, algo que rimase», puntualiza.
Los estudios superiores le llevaron a Madrid y allí decidió ponerse «en serio» escribiendo en tinta sobre papel en cuadernos, en unos comprados «específicamente en el Ale-hop», ríe. Son poemas sobre el amor, desamor y existencialismo, sobre todo, también naturaleza… Igual que la temática, la métrica es libre porque todo en él es autodidacta, aunque los sonetos los saca a relucir de vez en cuando. También se ha lanzado con la técnica japonesa del haiku. La cuestión es que comenzó a tener un buen material tanto en calidad como en cantidad y comenzó a transcribir y almacenar en el ordenador lo que seguía escribiendo en los cuadernos o en el móvil si no llevaba nada mejor encima en cuanto se le ocurría algo. Así lo sigue haciendo. De regreso a Zaragoza para estudiar Trabajo Social siguió escribiendo «más y más». Decidió que en cuanto tuviera cien poemas paraba y lo estructuraba en un libro fechado con el año de escritura. Va por el número 12. Ordenar las cosas de esta manera le da una perspectiva de la evolución de su obra y de su propia vida. Además de en Instagram, en el blog colectivo ‘Poemas del alma’ también se puede leer algunos suyos.
Un tributo y un futuro inmediato
Moliner Vallés son dos apellidos que están en su árbol genealógico. Eligió llamarse así en su faceta literaria como tributo a las abuelas de su familia. Esto de las artes no le viene de casa, al menos, no encuentra a nadie del núcleo más directo dedicado a ello. «Que yo sepa no hay, y a mí me salió espontáneo de la nada, pero me gustó y continué escribiendo», sonríe. Se fija en grandes autores. Combina la escritura con la lectura y si se trata de poesía elige a franceses como Baudelaire, Rimbaud y Apollinaire; o argentinas como Alejandra Pizarnik «que son todos autores un poco oscuros». Con los españoles la lista es larga pero la encabezan Miguel Hernández, García Lorca o Vicente Aleixandre, entre otros. «Yo me fijo en los clásicos… En los grandes», sonríe. «A raíz de ellos voy conectando con otros autores que quizá son menos conocidos para el gran público, sobre todo, de Sudamérica», añade. Leer le ayuda en su formación autodidacta para conseguir expresar lo que siente «eligiendo las palabras adecuadas, que queden bien, tengan rima, su estilo. A veces parece una cosa casi automática porque viene de conectarte contigo mismo», reflexiona.
Volvió a Andorra tras acabar la carrera y un máster en Bilbao, y es trabajador social en Cruz Roja al tiempo que estudia psicología a distancia. «Me gusta el trato con la gente, ayudar…», apunta. Parte de lo que escribe lo comparte con su amigo Rubén García Bielsa, que también escribe, y con su vecino Alberto Alegre ‘Cherful’, vocalista de Ruido y compositor. «No sé qué me deparará el futuro, no soy de hacer planes a largo plazo. De hecho, no planeé volver pero salió así y solo sé que estoy aquí, en casa, y tengo a la familia, varios amigos que también se han quedado, el trabajo, estudios… Volver al origen no está mal», concluye.







