El cuentakilómetros de la familia Latorre está en constante funcionamiento, aunque las distancias se estrechan cuando se trata de ir de Palencia a Samper de Calanda y más por Semana Santa. Tampoco importa mucho si para llegar al pueblo el camino parte desde Manchester. Si no hay avión, sí que hay autobús. Aquellas 37 horas de viaje por carretera las recuerdan ahora entre risas Irene Latorre e Ignacio Farjas. Lo que no les abandona es la sensación de ver que se acercaba la fecha y seguían en Inglaterra. La pareja vive ahora en Zaragoza con sus hijos Mateo y Manuela, de 3 años y 3 meses.
Javier, el padre de Irene, también sonríe reviviendo el momento porque sabe lo que se siente. Su trabajo de ferroviario le llevó a Palencia y allí se casó con Maite Redondo, una palentina que desde entonces es igual de samperina. Irene e Inés nacieron allí y se han criado entre las dos tierras yendo y viniendo con frecuencia. «Creo que los bajoaragoneses que estamos fuera, cuando se acercan estas fechas necesitamos volver. Quizá no todo el mundo lo entiende, pero no sabemos ir a otros sitios», dice Javier. «Queremos oler a tomillo, romero y a incienso, y ponernos la túnica para sentir sensaciones y emociones», añade. Semana Santa significa la alegría de compartir el toque y recordar a los que ya no están. «Tocamos el tambor para cumplir con el rito mientras podamos, y mi mujer y yo estamos orgullosos porque vamos inculcando la tradición, que es el alma de los pueblos», reflexiona. Desde luego que con la familia Latorre hay continuidad para largo y variada porque hay tamborileros, Manolas, Alabarderos, peaneras y figurantes.
En Samper siempre les espera Ascensión Abadía, que ya es bisabuela, y es «quien tiró de todo en casa» al enviudar muy joven con cuatro hijos: Javier, que tenía 10 años, Elena, Alfredo y Mariví. «Nos apoyó en todo y procuró que la Semana Santa siguiera en casa», dice Mariví. Ascensión confeccionó los trajes de María Magdalena y Samaritanas para las pequeñas de la familia y son los que salen hoy en día con las niñas que los solicitan. «Las figurantes son importantes en las procesiones y esos trajes no se quedan en casa, como tampoco los de los pasos. Yo salgo con La Dolorosa y llevo la túnica de un tío», explica Mariví. Ascensión salía de Manola con la Virgen hasta que enviudó y es Irene la que lleva parte de ese traje. «Compró una pieza de terciopelo pero ya no salió. Me la regaló hace unos años y ya no fallo de Manola», dice la joven. «Todo va pasando de unos a otros», añade. También las destrezas, porque es básico saber vestir y vestirse: colocar la teja de Manola en la cabeza o montar el traje de Alabardero requieren tiempo y maña. Y es igual de importante lucir zapatos y cuellos correctos. «Este año Mateo llevará la túnica de su abuelo de niño», apunta Mariví.
Con la edad de su nieto, Javier ya salió a tocar y con él entró el tambor en la familia. Su abuelo paterno Julián fue alabardero -y él también- y su padre Felipe llevó el Nazareno. Su generación y la de sus hermanos ya se colgó el tambor en concursos y exaltaciones en el grupo oficial de la Ruta. «Crear la Ruta fue un acierto, esta tradición arraiga a nuestros jóvenes, muchos vienen de fuera a ensayar», comenta.
Irene e Ignacio y sus pequeños acuden, pero Inés hace ya tres años que se instaló en Samper. Ella disfruta ensayando las marchas de siempre con el grupo de los Tradicionales. Vive con su pareja Alejandro Gracia, que toca el bombo en el grupo oficial y es el cabo de cornetas de los Alabarderos. Celebra que haya un buen grupo y además con gente muy joven que se ha unido y a quienes también enseña. «Algunos tocan muy bien y hay compromiso», dice. Él sale al balcón del ayuntamiento para dar la señal de romper la Hora y de cesar, aunque a veces se lo ofrece a compañeros que han trabajado bien ese año. «Se pasan nervios y no siempre me dicen que sí», dice. «Marco el principio y el final», ríe.
Las horas que hay en medio se exprimen entre familia, reencuentros con amigos y rondas en cuadrilla. «En mi caso, estamos fuera pero Samper es la casa de la yaya. Nos gusta rondar y siempre hay alguien tocando en la calle, cumplimos todas las horas», ríe Ignacio Farjas, quien junto a Irene y el resto de familia, se combinan para adaptar logística a los hijos pequeños y que mayores y niños vivan la Semana Santa juntos, como siempre.











