Cada 28 de junio se conmemora el Día Internacional del Orgullo LGTBIQ+, una fecha que recuerda los disturbios de Stonewall (Nueva York, 1969), considerados el punto de partida del movimiento moderno por los derechos del colectivo. La jornada pone el broche al llamado Mes del Orgullo, un periodo dedicado a reivindicar la igualdad, combatir la discriminación y celebrar la diversidad de género.
Aunque tradicionalmente las grandes ciudades han concentrado las principales celebraciones, el orgullo también encuentra cada vez más espacio en el medio rural. Los municipios del Bajo Aragón impulsan actividades que buscan demostrar que la diversidad forma parte de los pueblos y que la convivencia, el respeto y la libertad deben ser valores compartidos por toda la sociedad.
En este contexto, cuatro testimonios reflejan distintas experiencias vitales que muestran cómo ha evolucionado la realidad del colectivo LGTBIQ+ en el territorio y cuáles siguen siendo los desafíos en lugares como Caspe, Alcañiz o Alcorisa.
De Barcelona a Caspe: cuatro décadas rompiendo barreras
La historia de Juani Aldeuelo Ferreira es también la historia de una generación que tuvo que abrir camino prácticamente en soledad. Llegó a Caspe con apenas 18 años, procedente de Barcelona, junto a su madre. Ser una mujer trans en un pequeño municipio del Bajo Aragón Histórico hace más de 40 años supuso enfrentarse al rechazo social, la falta de oportunidades laborales y un fuerte aislamiento.
"No me daban trabajo, la gente tenía muchos prejuicios y psicológicamente fue muy duro", recuerda. La situación llegó a obligarla a recibir atención psicológica y psiquiátrica mientras trataba de encontrar su lugar en un mundo rural que hacía por marginarla.

Con el tiempo consiguió salir adelante trabajando en el campo, posteriormente en el Ayuntamiento de Caspe y más tarde en los almacenes de Adidas, donde permaneció hasta que se vio obligada a jubilarse por motivos de salud.
Hoy asegura sentirse plenamente integrada y reconoce que la sociedad ha cambiado de forma notable: "La gente ya me conoce y ya no se mete conmigo. Ha cambiado todo bastante, gracias a Dios".
Sin embargo, considera que en el medio rural todavía persisten miedos y prejuicios, especialmente para las personas trans, aunque celebra iniciativas como el primer Orgullo organizado en Caspe porque cree que pueden animar a muchas personas que todavía no se atreven a mostrarse tal y como son.
El mundo rural también es un espacio seguro
La experiencia de Yaiza Nuez, integrante de la Asociación Amas Rurales de Alcorisa y miembro del colectivo LGTBIQ+, es muy diferente a la de Juani. Ella comenzó a hablar abiertamente sobre su orientación sexual siendo apenas una adolescente, en una época en la que empezaban a aparecer referentes en televisión, con parejas lesbianas en series, y la reciente aprobación del matrimonio igualitario en España.
Recuerda aquel proceso como algo "muy natural" gracias al apoyo de su familia y amistades. Sin embargo, advierte de que, pese a los avances conseguidos durante los últimos años, percibe un cambio preocupante. "Siento que está empezando a haber un retroceso. Los jóvenes vuelven a convivir con discursos de odio y ataques constantes, especialmente hacia las personas trans", señala.
Lejos de la imagen estereotipada del mundo rural, Nuez reivindica que pueblos como Alcorisa pueden convertirse en espacios seguros. "Nunca he tenido ningún problema. Creo que en los pueblos las relaciones son más cercanas y eso dificulta que aparezca el odio", asegura.
Por eso considera fundamentales las celebraciones del Orgullo en localidades pequeñas, no solo como reivindicación, sino también para ofrecer referentes a niños y jóvenes que puedan necesitar sentirse acompañados.

María y Raquel, vivir el amor con naturalidad
Las historias de María Senli y Raquel Orrios, pareja desde hace cuatro años, muestran otra realidad distinta dentro del colectivo en el territorio. Ambas se conocen desde la infancia y con el paso del tiempo, su amistad terminó convirtiéndose en una relación sentimental cuando ya eran personas adultas. «Nos conocemos de toda la vida. Desde la guardería. Hemos ido siempre en el mismo grupo de amigas», explica.

Raquel reconoce que nunca había mantenido una relación con una mujer y que dar ese paso fue posible gracias al respaldo de su entorno familiar. María, en cambio, recuerda una salida del armario mucho más complicada durante la adolescencia, marcada por la ausencia de referentes y la sensación de soledad.
Aunque ninguna de las dos ha sufrido episodios graves de discriminación, ambas coinciden en que todavía existe una presión constante y la necesidad de justificar tu sexualidad innecesariamente. "Hay que salir del armario continuamente. Se presupone que todo el mundo es heterosexual", señala Raquel.
También reconocen que muchas veces moderan las muestras de afecto en público, una conducta que consideran fruto de años de aprendizaje y de miedo al juicio social. A su parecer, todavía faltan referentes visibles en municipios pequeños y espacios donde las personas LGTBIQ+ puedan encontrarse y sentirse acompañadas. «Todavía faltan referentes en el mundo rural. En las ciudades sabes donde acudir y reunirte. Aquí es muy complicado, prácticamente no conocemos a parejas homosexuales, bisexuales, trans, etcétera», concluye.
El orgullo también se construye desde los pueblos
Los cuatro testimonios del territorio coinciden en una idea común: el medio rural ha avanzado notablemente en aceptación e inclusión, pero todavía existen barreras que superar para conseguir normalizar todas las formas de amar y vivir.
Mientras Juani recuerda una época en la que encontrar trabajo siendo una mujer trans resultaba prácticamente imposible, Yaiza alerta de un posible retroceso en el discurso social. Por su parte, María y Raquel reivindican la necesidad de dejar de asumir automáticamente la heterosexualidad como norma. Existen miles de formas de amar, relacionarse y mostrar afecto.
Las iniciativas impulsadas desde asociaciones y colectivos rurales buscan precisamente eso: ofrecer espacios seguros, generar referentes y demostrar que la diversidad también forma parte de los pueblos. Sin embargo, aún queda mucho recorrido en una lucha que, por mucho que se avance, nunca debe detenerse.
El Orgullo no pertenece únicamente a las grandes ciudades, porque también se celebra en el Bajo Aragón Histórico entre plazas, calles y vecinos que apuestan por una convivencia basada en el respeto, la igualdad y la libertad de ser uno mismo.









