Pilar Grau, natural de Alcañiz, aún recuerda cuánto ansiaba tocar el tambor de niña mientras veía pasar las procesiones. «Seguía el ritmo con las manos porque no podía tener un tambor», cuenta. Pero lo cierto es que no llegó a hacerlo de verdad hasta que ya de joven se mudó a Andorra después de conocer a Vicente Gracia, con quien formó una familia para la cual la Semana Santa «lo abarca todo». «He vuelto a Alcañiz para ver alguna procesión, pero no es lo mismo. Allí era espectadora, aquí participo desde el minuto cero», señala Grau.
De aquellos años de recién casada los primeros recuerdos que vienen a su mente son junto a su suegro, también Vicente, el encargado de preparar túnicas, velas, tambores y bombos a quien ayudó desde el primer día. A él jamás lo vio tocar el tambor, sino que lo conoció como la pieza clave que lograba que todo siempre estuviera en orden. «Fue algo que me sorprendió, siempre se atribuye esa tarea a mujeres. Cuando yo llegué lo preparábamos todo entre los dos», recuerda Grau, cuya implicación incluso le ha llevado a convertirse en actual presidenta de la Junta Local de la Semana Santa andorrana. «Es otra forma de vivirla. Me gusta, pero también me duele porque me gustaría poder tocar más», señala.
Su marido Vicente, en cambio, no ha vivido un año de su vida sin salir a tocar. Antiguamente no eran tantos los vecinos que participaban de esta forma, pero él fue una excepción. «Empecé de pequeño y nunca dejé de tocar. Cuando tomé la Comunión me compré un bombo grande y es el mismo que llevo a día de hoy, 54 años más tarde», afirma. El bombo, de hecho, es también el mismo que sale portando en la fotografía familiar que acompaña a estas líneas.

Aunque si hay que hablar de una fotografía especial, esa probablemente sea la que conserva con orgullo en la casa que comparte con Pilar. En ella se puede ver a un pequeño Vicente de tan solo cuatro años vestido con túnica y tambor, la misma estampa que años después el matrimonio pudo tomar de sus hijas, Ruth y Esther, y, un poco más tarde, de sus nietos, Amelia y Pablo.
Para sus dos hijas la Semana Santa también es algo que «se ha vivido desde siempre». Esther vive en Valencia, pero siempre regresa para esta festividad, mientras que Ruth, que reside en Andorra, atesora recuerdos de infancia ligados a estas fechas que ahora intenta crear con sus dos hijos, a quienes lleva vistiendo con su propia túnica y bombo o tambor prácticamente desde que nacieron. «Los hemos llegado a sacar en procesión en mochilas cuando eran todavía pequeños», cuenta. La afición es tal que incluso su marido Daniel, con raíces calandinas, siempre vive estas fechas en la villa minera.

Todos han heredado una tradición familiar ligada a la cofradía de Nuestro Señor Atado a la Columna, conocida como El Melero, nombre que alude a la gran similitud de la columna en la que está apoyado el Santo con las colmenas de la miel, además de por la vinculación de algunos cofrades con la apicultura.
Los primeros datos sobre esta, una de las más antiguas en la localidad, se registran en 1830. Fue creada por cuatro familias, una de ellas los Gracia, a quienes todos conocen como 'Los Mansos'.
El apodo es el mismo con el que bautizaron en su día a su grupo de tambores y bombos. «Va aparte de la cofradía. Es la cuadrilla de todos los primos que tocamos el tambor», cuentan. La misma, también, con la que suelen ir a las diferentes Jornadas, una cita imperdible especialmente para Vicente y Pilar. «Son muy aficionados. Siempre recordaré cuando cumplí 18 años y mis padres se fueron a las Jornadas», añade entre risas Ruth.
En lo que respecta a la Semana Santa, para ellos es imposible elegir un momento favorito. Recuerdan con cariño cómo antiguamente se reunían para vestir al Santo, y son fieles a la comida de la cofradía del primer día, Jueves Santo. Tampoco faltan nunca a la subida a San Macario, «una procesión que emociona». Pero cada año, aunque todo sea igual, al mismo tiempo siempre es diferente, y por eso es tan especial. «Recibimos a muchísimos familiares y amigos. Hay momentos en los que en el balcón está lleno para ver las procesiones, pero eso nos encanta. En nuestra casa, mientras haya túnicas guardas, todo el que llegue siempre podrá tocar», concluye Grau.







