Después de 42 años y medio, Vicenta se ha jubilado. Y ese momento, no por esperado y merecido, ha calado muy hondo en La Puebla de Híjar. Tanto, que a tres días de terminar 2023 entre familia, amigos, vecindad y compañeros, le prepararon una fiesta al estilo las patronales. Tuvo su ramo de flores, dio su pregón en el balcón -algo que ya hizo como pregonera oficial de San Roque elegida por Interpeñas en 2016- y tuvo su buena charanga. Subida en un remolque con los músicos hizo el recorrido de la plaza al Charif entre los aplausos de la calle. Siguió el festejo en el multiusos donde invitó a un ágape popular y repartió abrazos y besos.
«Qué bien me lo pasé, madre mía…», sonríe. Ella siempre sonríe, aunque no quiera. «Alguna vez en el trabajo intentaba estar seria para demostrar que algo me había molestado, pero nada… Al momento, ¡ya estaba!», lamenta. «¿Seria, tú?, eso no lo te lo crees», le recrimina un primo mientras comparten un café. «La Vicen se lo merece todo», insiste él. Después de toda la vida trabajando como auxiliar administrativo y con febrero ya encima, Vicenta Esteban cree que se hará a la idea de que está jubilada cuando pase un tiempo más prolongado del que puede ser equiparable a unas vacaciones. De hecho, desde esa fiesta del 29 de diciembre, todavía acudió algún día a atar los últimos cabos de la fiesta de las Bodas de Oro y de Plata, una celebración en la que ella se implicó desde el inicio. «¿Ahora qué hago?, pues nada. Así estaré un tiempo», dice. Tiene matices la expresión porque su actividad diaria es digna de agenda, aunque eso sí, libre de horario laboral.
Atrás deja más de cuatro décadas detrás del mostrador del ayuntamiento. Más de 40 años de atención al público en la que ella ha sido la imagen de La Puebla tanto físicamente como descolgando el teléfono. «Nunca me he considerado una funcionaria típica, me siento ayuntamientera porque mi objetivo ha sido siempre ayudar, colaborar y resolver», apunta. Si ha estado en su mano, ha dado salida a cualquier cuestión antes de cargar con más trabajo a alcaldía o secretaría. Si no ha sido posible, ella ha tratado de allanar el camino. «Que le llegue al departamento que toque ya para rematar», añade. En esos casos, el darle vueltas al asunto se lo ha llevado en la cabeza a casa o, como la llama en broma, la «sucursal del ayuntamiento».
Su dedicación en estos años no ha entendido de horarios y si por la tarde alguien la paraba para preguntarle por cualquier gestión ella atendía. «Y ahora me siguen preguntando, pero ya no está en mi mano», dice. También ella se preocupa por el prójimo. «Si viene una persona al mostrador y sé que su padre está ingresado, por ejemplo, claro que le pregunto», dice. Asegura que todo su proceder ha sido y es siempre de corazón. «Tengo este carácter y un tono de voz que tampoco es discreto, pero cada uno somos de una manera y yo soy así», argumenta.
Ella ha hecho más llevadera la ingente cantidad de burocracia que requiere cualquier trámite, algo en aumento. Ha intentado orientar y evitar a una persona más viajes al mostrador. Otra cuestión es la digitalización, porque hace tiempo y cada vez más el camino es la vía telemática y el papel está en vías de extinción. «Tanta inversión en eliminar barreras arquitectónicas y poner ascensores y no sé para qué si luego no quieren humanos en los ayuntamientos», reflexiona. Ella ha echado unas cuantas manos virtuales en los últimos años con personas que no disponen de esas tecnologías. En unos casos por falta de recursos y en la mayoría, por edad. «Si no tienen un hijo o un nieto, están perdidos y eso no puede ser», apunta.
Ella accedió al puesto de trabajo del que se jubila el 11 de agosto de 1981. Estudiaba COU en Zaragoza y el verano mientras preparaba la prueba para Magisterio se buscó un trabajo. Ya festejaba y en el pueblo estaba bien. Por medio de unas amigas comenzó en un taller de confección de Urrea de Gaén y fue su padre el que le animó a probar con el trabajo que pregonaban en La Puebla: cubrir una plaza de auxiliar administrativo. «Le hice caso y hasta hoy», recuerda. De pregonar pasó a encargarse ella también, una labor que ha hecho en estos años con tal maestría que parecía insuperable porque a todos les ponía «chispa». Pero llegó la pandemia y ella siguió pregonando desde casa, desde donde animó el confinamiento a sus vecinos. A Labordeta para anuncios de alcaldía, o jotas y dulzainas para otros como riegos, sumó variedad. «Pedía a mis hijas música actual y ahí se me abrió un mundo, yo estaba contenta de animar… ¡era como una dj!», ríe.








Felicidades, Vicenta. Todos te echaremos de menos. No importa que estemos viviendo en el pueblo o estemos lejos. Quienes tenemos a diario que contactar con centros de la administración pública, sabemos valorar, y ahora añorar, ese forma amable, cariñosa y siempre eficaz que tu nos enviabas desde el otro extremo de la línea telefónica, o desde el otro lado del mostrador. En casa siempre has sido «Vicentica», así te llamaban mis padres y así te llamamos Nuria y yo. Me quedo con una frase tuya que se reproduce en la entrevista y que define claramente tu calidad humana y profesional: «Tanta inversión en eliminar barreras arquitectónicas y poner ascensores y no sé para qué si luego no quieren humanos en los ayuntamientos» ¡Cuánta razón tienes! Un gran abrazo con la admiración y cariño de Nuria y mío.