El etnógrafo Félix A. Rivas toma prestada una reflexión de la poeta María Sánchez en el nuevo libro que ha editado, ‘Voces masoveras. Un homenaje al patrimonio inmaterial de las masadas en la Comarca del Maestrazgo’, publicado por el área de Patrimonio de la propia entidad. Parafrasea a la cordobesa cuando señala que «a las personas rurales no hay que darles voz porque ya la tienen y la han hecho valer desde siempre. Tal vez lo que hay que darles es un altavoz». Una tarea que parece sencilla y que no siempre lo es. Esta vez se ha conseguido: 22 masoveros se abren en canal y responden a todo tipo de preguntas familiares, laborales, vivencias estrictamente personales. En conversación con LA COMARCA, este licenciado en Geografía e Historia apasionado por el estudio de las dinámicas colectivas muestra cómo ha encontrado en una de ellas los ingredientes suficientes para querer aproximársela al lector: se trata del fenómeno de la masovería en la mitad oriental de Aragón y Rivas escoge para adentrarse en él la comarca del Maestrazgo.
La obra forma parte del plan de salvaguarda del patrimonio inmaterial de la Cultura masovera de la comarca del Maestrazgo, con apoyo económico del Ministerio de Cultura. Y antes de desmenuzar el fenómeno, Rivas fija el propósito con el que se impulsó: «Hasta hace poco lo normal es que el relato público sobre la vida en los pueblos y las masadas, a través de libros, películas y otros formatos, estuviera monopolizado por las gentes de la ciudad». Un ejemplo reciente -los hay en abundancia- es el filme rodado entre las localidades de Alcañiz y Belmonte de San José, ‘Tierra Baja’, con Aitana Sánchez-Gijón (en el papel de Carmen) cobijándose del ruido que desprende Madrid en una tranquila masía de una aldea de Teruel, pero la vida en las masadas no transcurría ni tan apacible ni tan tranquila. Si hay algo que para Rivas, integrante de la cooperativa Atelier de Ideas, dejan claro sus entrevistas compiladas, la mayoría grabadas en audio digital y transcritas, es la característica común que unía esa forma de vivir: «La gente en las masadas trabajaba muy duro».
Pero, ¿qué es un masovero?
También como concepto preliminar está bien responder a la pregunta esencial que da sentido a la obra: ¿Para quién no lo sepa aún, qué es un masovero? «Es una forma de vida propia en la cultura de la mitad oriental de Aragón, propia del hábitat disperso en comarcas como la del Maestrazgo turolense. En aquellas zonas en las que estaban viviendo aislados en el monte, se trabajaba en las masías, se vivía, se hacía de todo. El grado de solidaridad y sostenibilidad de los que ahora se habla tanto era en esos enclaves muy alto: carecían de muchos servicios en las masías, que no eran accesibles, pero se ayudaban siempre entre los masoveros. También eran bastante autosuficientes en lo que hacían, no solo en lo económico, también en lo cultural. Se puede decir que eran bastante más libres que en los pueblos, pese a todo», detalla el historiador. «Sin esas comunidades de solidaridad mutua no hubieran sobrevivido», acuñó Sánchez.

Lo llamativo (o no tanto) de las 22 entrevistas (11 hombres y 11 mujeres) realizadas por Félix A. Rivas con el impulso de la técnico de Patrimonio Cultural de la comarca Sonia Sánchez es que de ellas se traslucen también formas de socializar muy peculiares, dentro de esa bonhomía y esa singular idiosincrasia que modeló a las gentes del Maestrazgo. Las entrevistas fueron realizadas entre marzo de 2024 y febrero de 2025; posteriormente se añadió una última que había sido realizada antes, el 10 de julio de 2023. En total, aparecen retratadas 32 masadas situadas en 10 municipios (de los 15) de la comarca.
10%
De las masadas en Teruel, sobre todo concentradas en la comarca del Maestrazgo, solo un 10% mantienen población residiendo dentro de ellas
A Rivas, amante de la Antropología Social y Cultural, le despierta un gran interés el fenómeno tal vez heredado o coparticipado de la proximidad a Cataluña y Castellón. Destaca que aunque determinar el número exacto de masadas en pie es difícil, se han hecho intentos de inventarios detallados; el del Maestrazgo más exhaustivo arroja la cifra de 672 masadas existentes, 310 en buen estado relativo; otras 336, alrededor de 50% están en ruinas o mal estado, y solo 67 masías, el 10%, mantienen población permanente, si bien decrecen año tras año. Es la misma proporción que ha encontrado en su muestra para el libro.
La práctica de colgar una sábana en la masada, de un color determinado, para avisar al resto de que había fallecido un masovero es un rasgo muy distintivo de la cultura masovera en el Maestrazgo
Félix A. Rivas. Etnógrafo, integrante de Atelier de Ideas. Editor de 'Voces masoveras'
También la densidad de masoveros se diferencia mucho entre municipios: Cantavieja es la líder indiscutible en la zona, con 117 masadas, 22 de ellas habitadas; Fortanete posee unas 54 masadas, y más alejadas ya un puñado resiste en Villarluengo o Allepuz, entre otras localidades, pero en menor grado. El sistema de la masovería fue históricamente masivo en las vecinas comarcas castellonenses de El Ports y Alt Maestrat, en la zona de Morella y Ares del Maestrat el número total de masías supera las 2.000. En la provincia de Teruel está presente también en otras comarcas, si bien la más representativa en forma y número es la del Maestrazgo, donde habitan Federico, Jesús, Balbino, Mari Luz, Luis, Victoria, Domitila… Los testimonios que brinda Rivas.
Perfiles variados
De los 22 entrevistados a los que conocemos a través del centenar de páginas del libro, solo 2 residen aún en estas masías. El etnógrafo explica que «los perfiles seleccionados reflejan la diversidad presente en el colectivo masovero: los hay de todas las edades aunque el propio fenómeno provoca que la mayoría estén entrados en años, debido a que cuando apareció la luz o la electricidad, la mayoría se fue trasladando adonde ésta y el agua corriente llegaban, a los pueblos inmediatos». En algunos casos se abandonaron a mediados del siglo XX, una o dos décadas después en otros. «No todas las masadas evolucionaron igual, pero cuando empieza a llegar a los pueblos el progreso, la masada baja». Es un sistema de población propio de la Edad Media que en la era contemporánea chocó, pues, con el avance de los servicios en los municipios.
Tres rasgos distintivos
Lo que Rivas y el patrocinio de la comarca han querido poner en valor con este libro es el patrimonio inmaterial que suponen estas per con un vocabulario, una forma de relacionarse y un estilo de vida que rezuman idiosincrasia propia. «Trata de reconocer y visibilizar las propias voces masoveras de la comarca del Maestrazgo pero con una variedad muy significativa: están el hombre o la mujer que resisten contra viento y marea y son propietarios de la masada; otros que confiesan que la mayoría vivía dando el 50% de todo lo que sacaban del campo y la ganadería a los medieros o dueños de estos inmuebles agrarios; quien ha trasladado hace unos años su residencia al pueblo más cercano o ha emigrado a la ciudad; al que ha regresado a su masada intentando recuperar las raíces familiares, ha restaurado la propiedad y lucha ahora con las dificultades de supervivencia del territorio»…
Este último es el caso curioso recopilado en el libro de la Masada las Pupilas en Allepuz. Ese lugar cobija la historia de Pilar Mallén (Allepuz, 1954) y su hijo Ignacio Martínez (Barcelona, 1982), que creció en la ciudad condal muy atento a las historias que le contaban de la masía. Su madre había vivido en ella hasta los 20 años. Así que regresó hace una década adonde pasaba los veranos también con su abuela materna, vive de la agricultura y es un 'rara avis' en la zona. Ignacio dice que quiere dinamizar la vida en estos pequeños pueblos. Su madre recuerda en el libro cómo «la matanza de los cerdos era una fiesta porque nos juntábamos para hacer todo el trabajo». En estos tiempos de Inteligencia Artificial, aún quedan personas que atesoran estas experiencias familiares y profundizan en sus raíces desde lo más significativo, el lugar donde vivieron, reseña el editor. 'Voces masoveras' se presentó en el Ayuntamiento de Tronchón el pasado 7 de marzo y ahí estuvieron arropándolo algunos de sus protagonistas y coetáneos.

Aunque esos casos no son los frecuentes, todavía hay quien, como destaca Rivas, se mantiene en esta forma de vivir, algo aislada o ermitaña si se quiere, propia del Mediterráneo, donde florecían más masadas. «Podríamos destacar tres elementos que conforman el amplio patrimonio inmaterial (o cultura) masovero de la comarca: la práctica de extremar o trashumar, reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad; las numerosas romerías y procesiones propiamente masoveras o en las que la población masovera tenía un importante papel; y dentro de la literatura de tradición oral la breve narración del masovero fallecido por el que tañen las campanas». Detalla: «Entre masadas había una forma de comunicación para ese caso. Se colgaba una sábana de un color determinado para que el resto supiera que un masovero había perecido». El resto aparcaba las tareas y acudía presto al hogar del finado, donde a buen seguro se les necesitaba. La sábana era el WhatsApp de la época, orillado por completo el individualismo o el egoísmo más contemporáneos. También los bandos del alguacil, que se transmitían de masada en masada para hacer comunidad, sigue pormenorizando el estudioso.
Esa práctica la remarca Rivas en el transcurso de la charla, tras haber editado cada entrevista «respetando por completo la forma de expresarse de todos ellos». Sirva como «tributo» a ese patrimonio inmaterial que el etnógrafo de origen en Castellote no quiere que se pierda. Rescata por ello el capítulo más lúdico, el de las juergas y la socialización. «Lo diferencial de los masoveros eran los bureos, o folgas, las fiestas donde se relacionaban. Tenían pocas ocasiones para hacerlo y esos bureos eran autogestionados por ellos mismos. Siempre había alguien que tocaba un instrumento de cuerda y había juegos para todos. Era también bastante singular el carnaval. Se podía llegar a practicar lo que hoy diríamos son ‘intercambios de parejas’. Con la cara pintada, el vino… aquello se desenfrenaba». De ello dan fe en las páginas Federico Grao y Balbino Escorihuela.

Rivas ríe al recordar anécdotas recuperadas en esta obra. «No todo era fiesta por supuesto -confronta-. La cotidianidad en las masadas era de muchísimo trabajo». Y se comprueba en la obra: trabajo más trabajo. Pero «tenían también sus momentos de ocio, no era una estampa bucólica, se trabajaba de sol a sol y se pasó muy mal por ejemplo en el periodo de los maquis, cuando los masoveros dejaban la llave de la masía en el cuartel de la Guardia Civil para poder asegurarse de que no dormía nadie dentro. O por ejemplo los ganados están siempre ligados a los niños. Eran quienes se encargaban, con los abuelos a menudo, del cuidado de los animales. A los 8 años era habitual ya llevar la masada y participar en todas las labores. Aquí no se dulcifican los recuerdos, la tarea era muy dura».
Fiestas, ritos, creencias
El libro de entrevistas de Rivas es una obra coral de lectura muy ágil. Se ha transcrito en literalidad y sirve de guía oral de conversaciones surgidas de manera muy espontánea. Esas voces masoveras «son las que conservan el patrimonio también de las creencias y los ritos, las fiestas, que ya no existen, o sí existen, pero adaptadas a su momento histórico», destaca el historiador. Recuerda en este punto a Severiano Rabaza, en Cantavieja y con 90 años, que falleció al poco de charlar con él. Había oído que había una bruja ocupando una de las masadas y relataba su poder para perjudicar a otros. Lo contaba en el Molino Charanga de la población, pero «los mismos episodios se recogen idénticos en otros puntos de Europa». Así que aunque no había teléfono móvil y pese al presunto aislamiento en que se recluían los masoveros, algunas leyendas también circulaban de masada en masada. «En las masías el cura no se enteraba pero en el pueblo sí», apuntilla Amalia Altabas, esposa de Severiano, dando idea de que en la masía se dedicaban más a la brega que al chisme.

Como contrapunto negativo, «lo que más duele a los entrevistados es la visión peyorativa que muchas veces se dio a los masoveros. Se les consideraba ciudadanos de segunda», reproduce Rivas, tal vez lo mismo que ahora sucedería si se viera a alguien apartado, caminando y trabajando en medio del monte, sin un horizonte de ambición prefijado, más allá del de la propia subsistencia. Jesús Ayora deja caer en el libro: «Somos prácticamente los últimos» masoveros que existimos.









