«Era estrecha, pero como era muy larga, había habitaciones que daban delante y detrás, había sitio para todos». Rosa Mari Ferrer habla del que ha sido su hogar, pero desde hace más de un año y medio, cuando la pareja viene «al pueblo» —el verano, las fiestas y Semana Santa son innegociables— ya no lo hace en su casa, sino que tiene que alojarse en un hotel. Son una de las familias que perdió su casa por las grietas que surgieron por un reventón de agua en abril de 2024 en la calle Trinidad. Su vivienda fue una de las cinco que tuvo que ser derribada y una de las tres que el Ayuntamiento dijo que no estaban habitadas. Ahora, apenas queda una pequeña parte de la fachada, el número que señala donde estaba el 22 y una parte de los robustos muros de piedra.
Rosa Mari llega a la calle Trinidad del casco antiguo acompañada de su marido y de su hijo Pere, que ha hecho el viaje desde Lleida para recogerles, porque este encuentro se produce apenas unas horas después del final de las patronales en Alcañiz. La pareja, como todos los alcañizanos, aún se está recuperando. «Nena, este año hemos estado en el Cachirulo, no sabes lo bien que nos han tratado y lo mucho que hemos comido», cuenta casi como una confidencia. Su hijo, que la observa sonriente, asegura que pasar las vacaciones en Alcañiz tiene un carácter milagroso: «Cuando está aquí no le duele nada, el lunes habrá que ir al médico seguro», comenta entre risas.
Según ellos mismos relatan, las grietas aparecieron mucho antes de la evacuación. «Eran muy grandes, iban por toda la pared y estaban a los dos lados», cuenta Pere. «La última vez que estuvimos les dije a mis padres que aquello no era seguro, que no quería que siguieran durmiendo allí», añade. Apenas unos días después, tras celebrar la Semana Santa y pocas horas después de llegar a su casa en Lleida, recibieron la llamada informándoles del desalojo de los vecinos y de la fecha y el horario en el que podrían acercarse a recoger sus pertenencias. Nunca más volvieron a entrar. «Solo nos pudimos llevar lo que cabía en el coche y no pudimos entrar; desde la puerta le iba diciendo al chico lo que necesitaba que me sacara. Ellos mismos querían darse prisa porque sabían que había riesgo de que se viniera abajo», recuerda Rosa.
Antes de que el desalojo ocurriera recuerdan que ya vivían con las grietas y que las tenían monitorizadas. «Había venido un operario y estaban todas marcadas, cada vez que veníamos teníamos que medir para ver si habían crecido o no», relata.
Ahora lamenta la falta de información y la cifra ridícula que el seguro les ofrece por su casa, su parcela y todas sus pertenencias. «El asunto ha tenido que pasar a manos de un abogado porque nadie nos decía nada, nadie nos devolvía las llamadas y no estábamos encontrando respuestas», explica Pere. Ahora, casi 18 meses después del desalojo, todavía desconocen si la indemnización supone la compra del solar o si algún día podrán volver a construir donde estuvo la casa familiar.
Reconocen que el proceso está siendo muy doloroso por todos los recuerdos que dejaron dentro de la vivienda. Igualmente, aseguran que el trato no está siendo justo. «Nos dijeron que les enviáramos las facturas de los hoteles cuando viniéramos, pero nunca nos lo llegaron a pagar. Cada vez que queremos pasar unos días en Alcañiz sale de nuestro bolsillo».
La familia asegura que, con los años, el barrio entero ha ido entrando en decadencia, siendo estos últimos derribos «lo peor». «Aquí había un montón de casas, pero los tejados sufrieron mucho cuando la gran granizada y mucha gente decidió ya no arreglarlos y las casas terminaron por derrumbarse», explica refiriéndose a los solares que llenan la estrecha calle. Rosa Mari recuerda tiempos atrás, cuando la calle estaba llena de vida, había comercios a tan solo un paso y el antiguo horno Trinidad que llenaba toda la vía de un rico olor.
La familia vuelve hasta Lleida esperando que la próxima vez que regresen —ya no creen que sea antes de Semana Santa— sea con una solución ante la pérdida de su hogar. Antes de volver a subirse al coche, se despiden de uno de los pocos vecinos que quedan y se aseguran de que la situación no se repetirá: «A ti ninguna grieta te ha crecido, ¿verdad?».
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Lamento mucho lo que sufre esta familia. Pero expresar «la cifra ridícula que el seguro les ofrece» es excesivamente subjetivo. Lo que para unos puede ser ridículo para otras puede ser suficiente. El buen periodismo debería exponer la cantidad exacta que les ofrece el seguro. Y sacar nuestras propias conclusiones. No dudo que tienen toda la razón y las compañías de seguros (y los bancos, y las energéticas, y …) son voraces depredadores. Mis mejores deseos para las familias afectadas. ¡Fuerza!