Entre sus manos tiene una pieza de Francisco Rallo que aparca por un rato para buscar el momento en el que decidió que iba a dedicarse a la conservación y restauración. No lo encuentra, pero sí tiene el recuerdo de ir a casa de su abuela y pasarse el rato mirando las pinturas de una enciclopedia. Identifica personas en su familia que dibujan y tienen creatividad, pero tampoco es el germen. «Yo no soy creativa y por eso me dediqué a esto, porque en este campo no puedes serlo», dice. Andrea Cantos Guillén (Estercuel, 1994) pone lo mejor de sí misma para sacar adelante las intervenciones que se le plantean, porque, como dice «hay que aprovechar los picos de trabajo». Desde niña ha tenido la inquietud de querer conocer la intrahistoria del monumento. «Soy curiosa y desde pequeña me apasiona este mundo porque no quiero quedarme en el conjunto si entro en una iglesia, por ejemplo, quiero ir al detalle, acercarme a la obra desde el lugar del artista», explica.
Siguió sus instintos y cursó Bachillerato de Artes en Teruel y en la Politécnica de Valencia, los cuatro años del Grado en Conservación y Restauración de Bienes Culturales y el máster -más tarde hizo otro sobre Diagnóstico de Patrimonio-. Empezó a enfocarse a pintura de caballete y retablo, y fue introduciéndose en documento gráfico, área hacia la que quiere dirigir sus pasos. Con el devenir de los años ha afilado la mirada curiosa que le hace ver siempre algo más. En una visita al Monasterio del Olivar decidió su Trabajo Fin de Grado (TFG). «Tenía el runrún de que tenía que buscar tema y cuando vi un fajo de pergaminos debajo de una vitrina en un rincón lo tuve claro. No sabía qué era pero se veían letras, la cubierta… Algo había», recuerda. Eran cantorales del monasterio. Se adentró y encontró un campo complejo en el que, además de los materiales varios, está la parte histórica, musicológica, litúrgica… «No había nada sobre el tema. Abrí una puerta y me encanta que me contacten personas que están investigando», ríe.
Insiste en que «para que el patrimonio no se pierda hay que documentarlos», pero ahí se topó con las dificultades de fotografiar documentos. Se fue formando sobre todo lo que un libro requiere y empezó a enfocar su carrera hacia «el papel». Sus prácticas las realizó en Milán, hizo cursos en la Fundación Santa María de Albarracín y, en Zaragoza entró en una escuela taller de Digitalización de Patrimonio Cultural. «Digitalizar no es escanear el archivo de tu pueblo con el móvil, que me lo he oído», advierte. «Tampoco es restauradora una persona que trabaje sobre muebles. Si lo hace en los suyos me parece correcto pero si hablamos de bienes de la sociedad es peligroso», dice, y recalca lo esencial que es que la administración dedique tiempo, dinero y esfuerzo a ello. «De lo contrario, la que sale perdiendo es la obra que es de todos», añade. «Para esto no sirve la IA», sonríe. «Tiene que ser un humano quien valore los casos porque cada obra es un mundo con sus patologías», argumenta.
Se sigue formando en Documentos y su paso inmediato es darse de alta como autónoma para compaginar trabajos en digitalización que ya va haciendo, con otros. Entre ellos, los de METOPA, empresa con la que trabaja desde hace unos años en restauraciones, sobre todo, en piedra. Junto a Pilar Martínez, con la que hace «un tándem perfecto» ya lleva unas cuantas intervenciones. En el territorio han trabajado en Caspe, Cretas y este verano en la cárcel de Urrea de Gaén y en el retablo de La Puebla de Híjar que llevaba 20 años almacenado. A él pertenece la pieza de Rallo que trata con cuidado y que debe encajar con el resto para devolver el conjunto a la iglesia. Lo están intentando en el CIDA de Albalate, el santuario del alabastro, y ya va tomando forma.










INTERESANTE.