Las señales horarias en Belmonte de San José suenan a barroco. Tienen el pulso de las obras que compusieron maestros como Bach o Händell a las que da vida Jaime Antonio Marqués, un barcelonés del 48 afincado desde su jubilación en Belmonte. Es el pueblo de sus abuelos y el de su esposa Amada, y es el pueblo que no pasa desapercibido por muchas razones. Entre sus estrechas calles de piedra resuenan las melodías que Marqués le saca de las entrañas al órgano que sobrevive alojado en la iglesia desde el siglo XVIII. Sobrevive con muy buena salud porque hace dos décadas comenzó su segunda época dorada con la minuciosa y titánica restauración a la que fue sometido.
De que siga bien vivo se encarga Marqués y con gran virtuosismo, porque se dedica en cuerpo y alma al estudio al menos tres horas diarias. Hora y media la suele dedicar de 12.00 a 13.30 y el resto, a partir de las 20.30. «Impone», dice. De lunes a viernes estudia a puerta cerrada, pero si hay visitas está encantado de recibirlas y de explicar todo lo necesario. «De hacer divulgación», apunta. Se hizo con un pequeño altavoz y un micrófono con el objetivo de hablar desde las alturas a quienes observan y escuchan desde abajo entre los bancos. «Este pueblo es muy visitado, vienen grupos de muchos sitios cualquier día. También moteros, a veces está la iglesia llena y todo el mundo se queda impresionado de que un pueblecito tan pequeño tenga este órgano y de que suene», explica justo después de despedir a uno de los grupos que se ha presentado en miércoles guiados por el alcalde e historiador, Alberto Bayod. Los fines de semana sí que esos horarios son a puerta abierta pero, eso sí, «siempre que el organista esté en el pueblo y disponible», ríe.
Se considera un privilegiado porque es organista vocacional y tiene uno tan impresionante a su disposición. «En cuanto me jubilé nos vinimos a vivir aquí, yo ya sabía que me esperaba este órgano», sonríe. Por eso rechazó el ofrecimiento que recibió para alargar unos años su trabajo. Después de 44 años de servicio a la enseñanza con plaza fija en Barcelona ya era momento de dedicarse a su pasión. Es maestro y, tras ocho años con niños en la EGB, el resto de su vida laboral la dedicó a la educación de adultos en Lengua y Literatura Española. «Y muy contento, he sido muy feliz con mi trabajo», añade. Simultaneó los estudios de magisterio con la carrera musical. En Zaragoza obtuvo el título de pianista profesional y continuó en Barcelona donde siguió con el piano y se matriculó en órgano. La satisfacción que no encontró en la música de piano por ser «muy intimista», la encontró en la de órgano. «Es mucho más solemne, evoca religiosidad y yo tengo un fondo religioso», reflexiona. «Pero un buen organista tiene que saber piano, es la base», advierte. En Barcelona fue organista en la iglesia de los padres Carmelitas Descalzos en la Diagonal. No era un instrumento histórico pero le servía para estudiar.
Órgano querido por el pueblo
«Todo esto lo atribuyo a la riqueza del aceite», dice mientras recorre con la mirada el interior de la iglesia. «El órgano es propiedad del ayuntamiento, se puede ver en las actas de compra del siglo XVIII… y aquí sólo había aceite», reflexiona. Ya en los años 2000 se movió la idea de la restauración del órgano que aún se escuchó en postguerra algo. «El ayuntamiento de entonces con Víctor Angosto de alcalde apoyó a Gonzalo Bayod, el que empezó a movilizar la idea y recursos. El ayuntamiento actual sigue muy por la labor de cuidarlo y prueba es que se consiguió que se declarase BIC a finales de 2022», añade. El órgano fue reconstruido pieza a pieza por los hermanos Álvarez de Villel, que son los conservadores. Su primera toma de contacto la vivió con Pablo Marqués Martín, quien se formó en música con Celedonio Mújica, un canónigo de Vitoria que fue enviado a Belmonte en los años 70 con buen bagaje musical. «Creó una escuela de música y enseñó a mucha gente, entre ellos, a Pablo, que acompañaba las misas con un armonio. Cuando se restauró el órgano él estaba muy mayor, pero subió conmigo y me explicó el mecanismo. Al escuchar ese sonido sentí algo muy emocionante y lo sigo sintiendo», sonríe.










Creo que fue el músico Mariano Marín el que levantó
la liebre de la categoría del órgano de Belmonte.