Valjunquera ha recuperado una parte de su historia en forma de banco. La madera del antiguo olmo del Sechá, un árbol que durante más de 70 años acompañó a los vecinos en la plaza del mismo nombre hasta que tuvo que ser talado en 2022 a causa de una enfermedad, ha vuelto ahora al lugar que ocupó durante décadas convertida en una pieza de mobiliario única.
El proyecto ha sido posible gracias a la iniciativa de los vecinos holandeses Anita y Hubb Raut, junto con Rafael, que han trabajado de manera altruista para dar una segunda vida al tronco. El resultado es un banco que combina la madera original del olmo con piedra, hierro y madera dura tropical y que ya forma parte del paisaje de la localidad.
Un encargo nacido de una petición
La idea surgió hace algo más de cinco años, cuando Anita y Hubb conocieron a Luis Miguel y Diego, vecinos de Valjunquera. Por aquel entonces, los Raut todavía estaban instalándose en el municipio y explicaron que Hubb contaba con experiencia y herramientas para realizar trabajos de construcción y carpintería.
Fue entonces cuando surgió la posibilidad de que pudiera elaborar un banco con la madera del antiguo olmo. No se trató de un encargo formal, sino de una petición que acabó adquiriendo un significado especial para todos los implicados. «No fue un encargo, sino una petición», explica Anita. Con el paso del tiempo comprendieron que estaban trabajando con una madera «única e irreemplazable» y que el resultado debía estar a la altura del significado que el árbol tenía para los vecinos.

Un trabajo sin margen para el error
El tronco tuvo que permanecer almacenado durante años para completar su proceso de secado. Mientras tanto, Anita y Hubb afrontaban su traslado desde Países Bajos, la reforma de su vivienda y todos los trámites necesarios para establecerse definitivamente en Valjunquera. No fue hasta principios de este año cuando pudieron ponerse manos a la obra.
Antes de realizar el primer corte, plasmaron en una imagen cómo podría ser el banco y compartieron el diseño con Luis Miguel y Diego. La buena acogida les dio el impulso definitivo para comenzar un trabajo en el que, según reconoce Anita, existía «mucha presión», ya que no había margen para equivocarse ni posibilidad de disponer de piezas de repuesto. El proceso requirió trabajos de carpintería, cantería y herrería, además de numerosas horas de corte, taladrado, fresado, lijado y tratamiento de la madera. También fue necesario recurrir a maquinaria pesada para mover y levantar las piezas, con un peso estimado de entre 1.000 y 1.500 kilos.
El banco está formado por cuatro elementos principales. El tronco original de olmo representa «el alma de Valjunquera»; la piedra simboliza la tierra sobre la que se cultiva, se construye y de la que se obtiene alimento; el hierro sirve como elemento de unión de todos los componentes y la madera dura utilizada en el asiento representa, por su calidez, la calidad de las personas del municipio. En la parte más visible del antiguo tronco se modificó lo mínimo posible. Únicamente se realizaron los puntos de fijación necesarios y la madera fue conservada y tratada para garantizar su durabilidad.
Un árbol que sigue formando parte de la memoria del pueblo
El significado de la pieza se ha reforzado con los recuerdos que los vecinos han compartido durante el proceso. Anita cuenta que son muchos quienes se han acercado para explicar historias relacionadas con el olmo y recordar que lo plantaron sus padres o abuelos. Aunque todavía están aprendiendo español, los Raut aseguran que pueden comprender la emoción de los vecinos cuando hablan del árbol. Ahora, además, el antiguo olmo convive simbólicamente con el nuevo ejemplar plantado en la plaza hace apenas tres años.
Para Anita y Hubb, el banco representa también su vínculo con Valjunquera. La pareja decidió abandonar Países Bajos en busca de un entorno menos masificado, con más sol y una vida más vinculada al territorio. El Matarraña les sorprendió por su paisaje, su historia, su agricultura y, especialmente, por la acogida de sus vecinos.
«Los primeros contactos con la gente también fueron muy abiertos y amables», recuerda Anita, quien destaca especialmente el apoyo que recibieron desde su llegada al municipio. Ahora esperan disfrutar durante muchos años del banco junto a sus vecinos y que la pieza sirva para crear nuevos recuerdos. Una forma de que el antiguo olmo del Sechá siga, de alguna manera, presente en la vida cotidiana de Valjunquera.












