El último cuadro que ha terminado sigue a la espera de que escriba su firma. «Solo le falta una raya, que le ponga la firma y que lo vaya a buscar», dice. «Está en buen sitio», añade. Divina Ibáñez Gabaldón (Castelnou, 1952) está tranquila porque el cuadro espera en el estudio de María Senli en Alcañiz, donde va a clase todas las semanas y donde ha probado todas las técnicas que no había tocado todavía. «He empezado con acrílico, hemos hecho ceras, tiza, lápiz, acuarela… nos pasa muchas técnicas, nos propone cosas porque le encanta divulgar lo que sabe. Es una maravilla», sonríe.
Ese último cuadro que espera a su autora es el detalle de un barco en el agua. En el óleo es donde más cómoda y con más soltura se desenvuelve, pero en esa aventura de probar, el barco lo ha pintado con acrílico. Reconoce que no domina tanto la paleta de colores y sus matices como con el óleo, pero también reconoce que le gusta. Eligió el barco en el agua para poder pintar los reflejos. Le gusta pintar la luz. Con la tiza blanca sacó un vaso de cristal lleno de cubitos de hielo y supo dibujar la transparencia.

Siendo muy niña ya entendía que la esencia de este mundo está en lo más cotidiano. La belleza está en una puerta, en una fachada azul con sus macetas a reventar de floridos colores, en las montañas del Maestrazgo y, desde luego, en Castelnou. Su despertar artístico está en su pueblo, donde se entretenía dibujando con un palo en los charcos, saliendo a la pizarra en la escuela a escribir los títulos de las lecciones, jugando con el barro y garabateando en casa mientras el resto dormía siesta. «Yo me dedicaba a dibujar en el un bloc los cacharros de casa, los muebles…», añade. Se le daba muy bien el dibujo, y se sorprendía cada vez que iba a casa de su primo Pepe Abadía y se lo encontraba con los lápices. «Él es muy meticuloso, me dejaba asombrada», recuerda.
Su afán por aprender no conoce techo y allá donde ha estado se ha puesto en manos de quienes más saben y pueden enseñar. En Alcañiz acudió a clases con Beatriz Ramia, «muy buena profesora», y antes con África Prados y Ángel García Rueda. Define al alcañizano como muy didáctico. «Habla sin parar y te vas quedando con lo que te explica a ti y al resto de la clase», valora. Todavía recuerda que eran 17 alumnas y que hicieron una exposición en la casa parroquial de Alcañiz que se llamó ‘17 miradas’.
Al amparo de un Goya
La primera vez que tomó clases fue en Alagón. En la localidad zaragozana residió unos años y reconectó con toda la creatividad que había entrenado en sus estudios del Grado en Diseño, Moda, Corte y Confección. Se apuntó a unas clases que daban en la casa de cultura con Enrique Larroy, «que con el tiempo ya alcanzó cierta fama y reconocimiento». Fue la primera vez que se encontró con los colores y con otras técnicas más allá del dibujo, que terminó por aparcar. Descubrió que le gustaba el color, experimentar, y por eso con el tiempo terminó dominando bastante la paleta. El dibujo lo emplea para bocetar a mano alzada en el lienzo y «pasar rápido a meter color».

Las clases las daba en las antiguas escuelas y para llegar debía subir unas escaleras. Pronto se fijó en que sobre su cabeza en el techo asomaban unos ángeles que se habían salvado de ser encalados como el resto de paredes. Comentó con Larroy la singularidad de las pinturas. «Ahí pasó algo muy importante para la comunidad», avanza. «Los restauraron, intervino Patrimonio y resulta que eran frescos que pintó Goya. Son las únicas pinturas que tiene Alagón de Goya», revela.
En Alagón también expuso y siguió pintando por su cuenta hasta que la familia se instaló entre Valmuel, Castelnou y Alcañiz, donde volvió a tomar clases. De todos sus docentes tiene algo, también de todas sus compañeras de las clases en las que aprenden de todas. Le motiva pintar la luz, pero también la profundidad y los contrastes. Disfruta en la práctica pero también en la teoría acudiendo a museos, exposiciones, visitando páginas web de arte que ya tiene fijadas, e investigando en historia.

Con su sobrina Isabel Ibáñez comparte esta pasión y se intercambian historias. «Le mando muchos movimientos, especialmente los de las mujeres pintoras, que las hubo, pero estuvieron a la sombra de los hombres», apunta. «Yo adoraba a los impresionistas y por eso empecé a mezclar colores, porque me parecía donde más lío de matices podía hacer», ríe. Primero replicó varios cuadros y desarrolló la paleta. Ha pintado muchas fotos que hace ella misma en viajes y también ha pintado al natural. «No tengo ninguna pretensión artística porque no tengo la formación académica que considero que hay que tener. Lo hago porque me gusta y, más que la realización, mi satisfacción es meterme en el cuadro y localizar los colores, los contrastes y la profundidad», reflexiona.

Divina tiene arte y tiene carisma. «Si tuviera otro nombre, igual pasaba más desapercibida», bromea. Hasta su jubilación trabajó 20 años en el hospital. De vez en cuando se encontraba a gente que la recordaba de las clases que impartió siendo muy joven por los pueblos de la provincia. Gracias al Grado de Diseño, Moda, Corte y Confección que había aprobado vivió viajando un tiempo de cambios sociales que dan para otra larga conversación. Esa experiencia también salpica su arte cargado de pueblos de infinitos rincones.








No sabía esas gratas y placenteras habilidades tuyas. Enhorabuena y a seguir disfrutando