Con apenas una semana de diferencia, Sergio Zaforas Belvis (Alcañiz, 1985) bandurria en mano ha compartido escenario y cartel con artistas de danza contemporánea y ha acompañado en una misa baturra. Lo primero sucedió en Mazaleón en la ecléctica Nit en Blanc con él entre los músicos de la agrupación laudística Mezquín-Matarraña, y lo segundo, pasó el sábado en La Cañada de Verich en su día grande por Santa Ana. Esto da una idea del amplio abanico que abarca el folclore aragonés, que «no es solo jota». Esto lo dice quien ha crecido abrazado primero a una guitarra y luego a una bandurria al servicio de la música popular y que sabe que la jota es el pilar clave pero no el único. «A principios del siglo XX lo que estaba más de moda era la jota aragonesa y autores de toda Europa estaban componiendo jota», apunta. «Que se esté promoviendo que se proteja por la UNESCO, ojalá llegue porque hemos pasado de estar de moda a que casi nos dé ‘yuyu’ a nosotros mismos, a los propios aragoneses», añade.
En la pérdida de espontaneidad puede estar parte de la causa de que esa parte del folclore se haya quedado en un ámbito más académico. «Lo más espontáneo que nos queda son las rondas y a veces la gente del mismo pueblo se echa para atrás para cantar o bailar porque dice que no está al nivel… Antes eso no pasaba, antes se cantaba en bodegas y bares, pero todo eso se ha perdido, nadie se pone a cantar de repente una jota cuando antes eso se hacía incluso en el ahora Camel de Alcañiz», sonríe. Con esto se pierde también la transmisión vertical en casa y por eso cree que la labor de los colegios es crucial con semanas culturales ya sea por el Pilar, por San Jorge o con actividades puntuales «como ya están haciendo y muy bien» con el fin de que los pequeños lo interioricen.
También le gustaría que en los conservatorios aragoneses el folclore forme parte del temario. «Hay cosas que hay que explicar porque alguien empezó a encasillar el folclore aragonés a bandurria, guitarra y guitarrico cuando no es así porque antaño la gente salía a rondar con lo que tenía, y si en casa había un pandero se sacaba porque la gente salía a rondar para divertirse». En los conciertos laudísticos dan pinceladas de folclore entre muchas más modalidades. «Si se une el compañero que también toca la batería, la que toca la trompeta y la que sabe clarinete, mejor que mejor». Reconoce que con la divulgación de los medios de comunicación, la jota va recuperando un espacio que en las radios comerciales sigue sin tener. Así se ha sacudido una buena carcasa de polvo de encima y cada vez se percibe menos como algo «de gente mayor». Desde hace 12 años que empezó a ir a Chiprana, él da clase en media docena de pueblos cada tarde con su guitarra a diferentes grupos, algunos como el de Nonaspe de reciente resurgimiento.
"El folclore es mucho más que jota"
No faltan personas, tanto niños como mayores, que quieren aprender. «Estamos mucha gente trabajando para que los que canten canten bonito, los que bailen bailen bonito y los que toquen hagan música bonita», reflexiona. En este hacerlo bonito entra el hecho de coger la guitarra o la bandurria con la mente abierta. «En las clases hacemos mucho más que jota, tocamos todo tipo de música y eso incluye la moderna, la que suena en la radio. Es la que gusta a los más jóvenes y se les da porque nadie puede ir a una extraescolar a aburrirse», sonríe.
Es la puerta de entrada para ir conociendo el instrumento que tiene más ritmos que el popular. Una muestra se vio en La Nit en Blanc, donde compartió escena con Luis Quílez, que defiende el mismo aperturismo de la sección laudística. «Se trata de que el folclore sea una opción más como extraescolar, porque también es un punto de encuentro de personas que igual se conocen pero no sabían que compartían una afición como es tocar la guitarra, por ejemplo. Crea piña», señala. Él empezó de niño en un aula en Escolapios. En su familia aparece Gregorio Zaforas como un tío cantador de jota, pero no recuerda más señales que le pudiesen llevar a este mundo a tan temprana edad. «Los hermanos César y Óscar Soriano eran vecinos de calle y los escuchaba cuando ensayaban… No sé si ahí se pudo despertar algo», ríe.








