Sobre una de las mesas de su casa una postal felicita las navidades. Es una de las que ha hecho ella misma porque considera más especial felicitar en papel que en digital. «Un mensaje en el móvil lo ves, lo agradeces y lo olvidas, pero si recibes esto y, además, hecho a mano, todavía le das más valor», dice. Anji Luke nació en Alemania en 1949, pero su educación es inglesa, como toda su familia. «No se mandan ya estas felicitaciones, pero en Inglaterra sí y existen tiendas enormes solo de postales y las hay para cualquier ocasión, hasta para felicitar divorcios», cuenta divertida.
Justo antes de navidades dio un taller sobre cómo hacerlas a la Asociación de Mujeres Mano de Ella, igual que el año pasado lo dio a petición de Maribel Gascón en la casa de cultura de Maella donde reside desde hace cinco años con su marido Ken. Reconoce que siempre le ha gustado todo lo relacionado con las manualidades, desde coser y bordar hasta pintar. A diario dibuja algo, momentos cotidianos de su día. De esta forma no pierde práctica y siempre tiene a mano su cuaderno de bocetos que tanta compañía le hizo en el confinamiento durante el covid.
Ahí comenzó con esta rutina de dibujo porque se pasó cuatro meses sola en Granada. Allí vivía el matrimonio desde la jubilación, pero Ken, que quería cambiar de aires tras unos años en el sur, buscó casas y apareció Aragón y, más en concreto, Maella. El covid saltó justo con él en un viaje al pueblo para arreglar una casa en el campo. «Agarré el cuaderno y eso me ayudó a aparcar la preocupación por él y por mi madre en Reino Unido», cuenta.
Las artes le han acompañado toda la vida a modo de afición. Es ahora con el paso del tiempo cuando cree que en caso de volver a la juventud, quizá optaría por estudios artísticos. En cualquier caso, ahora está exprimiendo el tiempo y va experimentando con las manualidades. «Siempre he aprendido por mi cuenta, ahora Youtube va muy bien para ideas y para aprender español», ríe. Disfruta pintando animales, «y los lápices pastel son ideales porque se mezclan a la perfección, creando plumas y pelaje con un aspecto natural», opina.

Tras vivir dos años en el campo en Maella, se trasladaron a una casa en el pueblo donde tiene espacio para un estudio. «Hago lo que quiero y si me apetece, pero siempre estoy pensando y en cuanto se me ocurre algo me pongo», dice. «Mi marido dice que soy como una mariposa de lo que me muevo», apunta. Está acostumbrada a viajar ya que su padre era militar y de niña vivió en Malasia y en todas partes de Inglaterra y Gales.
También era cocinero con especialidad en postres y decorarlos para celebraciones. «Y hacía esculturas en hielo… Puede que todo eso me influenciara», reflexiona. Piensa en una tía que «sí era artista» y en su abuela, que trabajaba con más mujeres en Londres en un taller de costura de ropa para la realeza británica de Hardy Amies, modisto afamado por vestir especialmente a Isabel II. «Siempre había telas y material que no servían y mi abuela nos hacía vestidos a mi hermana y a mí. Íbamos vestidas como las princesas de verdad», rememora entre risas.
Recuerda cómo Ken le contaba por teléfono que en Maella había encontrado a muy buena gente. «No se equivocó», asegura. Ambos tienen amistades y el arte ha hecho que conozcan a más gente. Hace tres años expuso por primera vez, y a comienzos de mes lo hizo con otros artistas locales a los que considera una inspiración. Le impresionó tanto el cuadro de José Miguel Pradilla de una chica con un paraguas que está tentada de comprarse pinturas al óleo nuevas, más concretamente al agua y de Winsor & Newton. Le gustaría probar la resina inspirada en Pili Casanova, e intentar dominar los paisajes como Antonio Barberán. «Y tengo muchas ganas de probar el arte con tinta japonesa», avisa.












¡Pues enhorabuena a esa artista!